Usted está parado en un lugar estratégico. Dificultoso resultaría explicar ahora cómo es que se le ocurrió quedarse ahí, quieto, esperando cosas que, debería reconocerlo, sólo usted conoce cabalmente. Su objetivo, un hombre mayor con aspecto vulgar que se pasea en estos momentos con las manos en la espalda por la plaza poco iluminada. Mal iluminada, hay que decir. Yo veo la escena desde acá y la verdad es que, en razón de mi seguridad, no me inquieta en absoluto que usted porte un arma blanca escondida debajo del saco. Usted observa con los ojos clavados en la espalda del viejito. Sin ánimos de parecer entrometido, diría que lo que usted pretende es matar a ése viejo. Realmente desconozco los motivos que lo mueven a realizar dicho acto y, le digo más, por su aspecto me queda la sensación de que lo quiere matar por el simple placer de hacerlo ¿o me esquivoco?. Pero usted me ignora y comienza a caminar hacia él con pasos decididos. Podría yo, que para eso estoy aquí, llamar a algún agente policial.- ¡Ni se te ocurra! -me dice usted.
Pero yo no le doy importancia y me dispongo a mirar a los costados en busca de alguno. No sé por qué no hay un policía aquí cuando debería haber uno en cada plaza, mas aún a éstas horas de la madrugada. Yo busco con la mirada, y parece que ésto a usted lo ha intimidado un poco, y ahora ha vuelto a agazaparse detrás de un arbusto pequeño junto a las hamacas. Entonces me doy cuenta de que la única manera de evitar un asesinato esta noche en esta plaza, y me refiero particularmente al asesinato del viejito, es acercarme hasta el anciano y persuadirlo de que se retire a su hogar.
- ¡Te mataré a tí también! -me dice usted, sin medias tintas.
…
Pero yo no hago caso a su amenaza. Camino hacia el hombre mayor preguntándome si ésto que hago es lo correcto, si podré evitar un asesinato o si estoy asegurándome dos o, quien le dice, tres asesinatos. Cosa poco probable en las actuales circunstancias. ¿Usted qué cree?.
- No tengo tiempo para perderlo en ésta charla -me comenta, como si con éso me tranquilizara.
Llego hasta el viejo lentamente. A simple vista pareciese que está sordo, puesto que ya estoy a un metro de él, he pisado hojas secas en el camino sin disimular mi apuro y, sin embargo, él no se ha dado vuelta. Señor, le digo. Pero de ésto usted ni se entera ya que, como bien puede observarse, entre usted y yo hay por lo menos unos treinta metros y no creo que haya un oído humano capáz de oir a tanta distancia. Usted sólo llega a ver que el viejo vuelve su rostro hacia mí y se me acerca como si tuviese dificultad en oirme. Yo le digo unas palabras, o éso parece, y muevo las manos con algún nerviosismo que, lamentablemente para usted, le resulta imposible percibir. Conversamos unos segundos y luego yo me alejo caminando despacio como quien ha recogido un billete de dólar del suelo y teme ser descubierto en semejante delito de la fortuna. Claro, ahora usted piensa en que algo le he dicho al señor mayor, piensa que lo he advertido, que he arruinado sus planes, y al mismo tiempo observa cómo me alejo tranquilamente. Vuelve entonces rápidamente la mirada al señor mayor que ahora, al contrario de lo que usted creía, se ha sentado en un banco de la plaza dándole la espalda.
- ¿Qué le has dicho? -me pregunta usted, desconcertado.
Pero nada le diré. Por lo demás, yo ya me he alejado de la escena lo bastante como para que usted no me encuentre, y quién le dice que tal vez ya haya llegado a mi casa y esté leyendo o escribiendo, y allí, en la plaza, usted se ha quedado desconcertado, con un plan que si bien no se ha visto frustrado por lo menos se a teñido de dudas. O quien le dice que tal vez, en lugar de ir a mi domicilio, no haya ido por la policia. Ha visto usted, ahora deberá tomar alguna desición, deberá pensar y ejecutar rápido o, por qué no, dejar todo lo planeado para otro día.
- No me importa -me dice usted con un tono de voz tan inverosímil que, le soy franco, aquí donde estoy, me dá risa. Pero no todo está perdido, hombre, por qué mejor no viene hasta acá y me mata a mí. Le apuesto un dólar recogido del suelo a que en éstos momentos no le vendría nada mal descargar su odio contra mí. Ay, qué destino injusto.
- Yo no quiero esto -me dice usted, ya un tanto confundido. Usted quiere lo que quiere, hombre, ni un poco más ni un poco menos. Mire al viejito, ahí solo, desamparado de su familia, desamparado de las fuerzas del órden, a merced de su voluntad, entregado a su destino. Usted, entregado también a su manera, observa al viejo y reconoce que tengo razón, el viejo está desamaparado. Una víctima fácil ¿no?. Una víctima fácil, piensa usted, sin la certeza de estar pensando ya por usted mismo. De pronto levanta un pie con sigilo, sin perder de vista el banco. Sabe perfectamente que las desiciones como éstas se toman una vez y para siempre, sabe que cuando dé el primer paso ya habrá dado todos y que sobre esos pasos no se vuelve. La plaza toda, con sus árboles frondosos y sus arbustos tacaños y sus juegos abandonados por los niños, parece dispuesta simétricamente para que usted camine, como lo está haciendo, con cautela, sobre una línea recta imaginaria que lo lleva, como un embudo, hacia la espalda del pobre viejo. Nadie pasa por allí y usted, que pese a no quitar la mirada del viejo, lo sabe con certeza, sabe que alrededor de su objetivo hay un universo indiferente, una ciudad que late dormida, sedada, y que nada impedirá ya a éstas alturas que ése hombre muera solo y olvidado. Sus pasos se vuelven lentos a medida que se acerca, su respiración se agita, los sonidos de la ciudad se alejan lentamente como si la realidad toda ocurriese detrás de una puerta de roble, la luz se disipa, y a pocos pasos del banco usted introduce su mano derecha en el bolsillo interno izquierdo del saco y empuña el arma con la que apagará brutalmente la luz de la vida que hasta hoy brilla en los ojos cansado de ése hombre. Allí está él, y usted parado a sus espaldas, impune, descarado, con su silueta grosera y oscura, con el cuchillo en alto.
- ¡Ahhhh! -me exálto.
El viejo giró sobre su cintura y le ha disparado en el pecho. Usted cae al piso empujado por la bala pero más por el horror, por el susto, por el miedo que, lo sabe, está por venir, ése miedo que se anuncia una vez en la vida de los hombre y nos dice que ya todo terminó, que más pronto que después, la vida que corre por nuestras venas se nos irá, fríamente y sin remedio. Usted yace tirado en una plaza, detrás de un banco y mira con los ojos empañados, parece interpelar a la realidad, parece querer que la realidad, de una vez y para siempre, sea explicada. Pero no, mi amigo, no hay revelaciones mágicas que puedan sacarlo de allí donde se encuentra. La plaza, si era ésto una plaza, ya se ha convertido en paisaje inherte para usted, ya no hay ruidos y el silencio zumba dentro suyo como si se cayera por la garganta a las profundidades de su propio ser. Caiga, déjese caer. El viejo se ha incorporado y lo observa a los ojos. Pero usted no puede sostener su mirada, y no porque no lo quisiese así, no porque no pretenda usted que en el poco tiempo que le queda el viejo se explique, sino porque ya no puede mantener los ojos fijos y abiertos como hace unos minutos atrás. Así, sin más, se le extingue a usted la vida. Quiere mantener los ojos abiertos, como si éso lo aferrase a la vida, como si pudiese uno dejar aquí los ojos y dejarse llevar el resto del cuerpo. No hay vuelta atrás para usted. Y usted lo sabe. El viejo, que no sólo se ha incorporado, sino que además se ha acercado a usted que, le recuerdo, está tirado detrás de un banco de una plaza, a las dos de la madrugada, y lo mira con una expresión que, comprendo, usted no logra percibir y yo no pienso revelar. Noble gesto del viejo que ha dado media vuelta y camina hacia la calle como alguien que ya lo ha visto todo y, ya cansado, sólo quiere dormir. Pero vaya uno a saber si se irá a dormir. Tal vez yo, a la vuelta de la esquina, esté esperándolo para reirnos de usted. No, realmente no lo creo. El viejo se irá. Y con suerte para usted quizás llame a una ambulancia y, quién le dice, hasta tal vez alguien llegue hasta allí y más tarde le salven la vida y mañana al mediodía usted despierte en la cama de un hospital en una habitación custodiada por un policia.
Abre los ojos, empezaba una película que si no vió ya no tendrá oportunidad de verla. Maravillosa la manera en que la vida que lo recorre parece no querer abandonarlo. Será, piensa usted, la oportunidad de salvarse. Algo increíble, como un segundo soplo de existencia que le dice que se incorpore, que salga del lecho de muerte en que el viejo lo ha dejado. Abre los ojos. No hay realidad más verdadera que la realidad urgente.
- Sabias palabras -balbucéa usted en un arrojo de coraje y con un vago tinte irónico que, teniendo en cuenta su situación, suena a ridículo. Guárdese las palabras para dar explicaciones celestiales o, en tal caso, diga algo digno de usted. ¿Sería capáz de pronunciar palabras dignas? ¿Podría, sin más, salvar su propio pellejo de ésta humillación? ¿Qué tiene? ¿Miedo? A usted le pregunto. Prefiere, sin dudas, otra vida. Quisiera estar en casa leyendo un cuento sin mayor sentido que el sentido único que tienen los cuentos.
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Rosario, 2 de marzo de 2005
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