Una historia trillada, se dice, es una historia contada ya muchas veces cuyos sucesos resultan obvios y predecibles al general de los lectores o escuchas. Es entonces, en algún aspecto, el caso de ésta historia que nos convoca en éste recóndito lugar en que solemos encontrarnos, siempre con excúsas lo suficientemente importantes como para obviarlas. Las obviaremos entonces.La mañana del lunes en que Martín, llamado Martín desde que nació, se levantó para ir a trabajar, pronto entendió que sería un día difícil. Afuera llovía con un odio urbano y resentido, si se tiene en cuenta el horario, o si se entiende urbano y resentido por una misma cosa. Los más, ellos, las personas secundarias de éste relato, salen de sus casas a trabajar y deben soportar baldasos enteros de agua que ni por absurda piedad meteorológica dejarán de caer hasta el mediodía, y en eso andan, corriendo ómnibus y taxis y remises, guareciéndose por valiosísimos instántes debajo de los azarosos refugios que la arquitectura de la ciudad ha desperdigado erráticamente con fines que no vienen en cuenta.
Las imágenes narradas precedentemente están, tal cuál se contaron, en la cabeza de Martín (están advertidos), esa figura humana que ahora la cámara sigue desde la cama hasta el baño. Se observa en el espejo con una expresión de resuelto malhumor, los pelos están revueltos y encaprichados, la boca incuestionablemente de pato, los labios regordetes y apachorrados. Ya hizo pis y se quedó ahí, mirándose. Y en ésta parte del relato que la cámara prefiere desestimar por falta de dinamismo, Martín comprueba, apenas molesto, que su aliento no es ni muy agradable ni muy elegante, y que lo mejor es empastarse ahora con dentífrico y refregar la cavidad bucal con desánimo matinal. Muy resuelto, no lo hace y sale del baño con intenciones alimenticias poco esperanzadoras. Una taza de café con leche, unas galletitas de agua que se han untado en manteca con desprecio gastronómico y que ya, rápidamente pues el tiempo vuela, están en el estómago del mismo Martín del baño que, aún malhumorado, continúa obsrvándose, pero ahora en el espejo del ascensor, mientras éste desciende cual descensor lo haría.
…
Salir a la calle jamás ha sido para él tan molesto como a partir de los catorce años. La avenída ámplia lo recibe a gritos y rugidos, y figuras por el momento opácas y ajenas van de un lado a otro con voluntad de evitar la lluvia. Una voluntad entendible, pues por la salud y por la ropa, la gente se preocupa maravillosamente en ésta ciudad de nombre compuesto. Sin dudarlo, pues no tiene motivos para hacerlo, se ha calzado los auriculares y la cinta ha empezado a correr con regular velocidad para sumar, de tal manera, música a éste relato. Y no hay que desmerecer el dato: la música vuelve más humano a Martín, o a su mirada del mundo, que vienen a ser la misma cosa en ése día lunes en que se levantó, hace ya treinta minutos, para ir a trabajar.
Al trabajo se llega simplemete en colectivo. Pero hay otras maneras aún no exploradas como los taxis, los remises, caminando, en bicicleta, upa de otras personas, arrastrándose con los codos, de rodillas, corriendo para atrás, etcétera; ésto piensa nuestra estrella, si se lo acepta como tal, en un generoso plano general mientras se mete en el bar de Godoy Cruz y Santa Fe. Allí, los obsecuentes espejos de las paredes lo multiplican por dos, una operación engañosa si se le dá importancia a la exactitud, ya que justo sería decir que Martín, el que ahora está sentado junto a la ventana, se siente multiplicado por seis o siete, y siendo cauteloso. Todavía tiene un intenso recuerdo estomacal de las galletitas con manteca, entonces pide una gaseosa pequeña que disfruta con asombroso placer. Novedoso desayuno, piensa, al tiempo que levanta la mirada hacia la calle. Descubre entonces que el tiempo corre más rápido si uno observa Av. Santa Fe y que, por el contrario, parece ir más lento si se cierran los ojos. Actividad que repite un par de veces hasta que en la variante de tiempo rápido, se topa con un señor de traje que juraría conocer de algún lado pero no recuerda con claridad de dónde. No le dá oportunidad de saberlo, éste señor elegante que sin demora es tragado por un automóvil negro y amarillo.
Germán Kráus, piensa Martín, satisfecho, veinte minutos después, cuando ya la gaseosa se terminó, cuando la lluvia parece estar más enojada que antes y le pega en el rostro como para sacarlo del ensueño o meterlo en él. Poco sabe la lluvia de sus consecuencias, poco le importa o poco le inquieta. Mojándose deliberadamente, nuestro personaje principal, si damos válido el apodo, ya recorre la avenida en dirección hacia el centro, esquivando personas, mesas que venden salames caseros, puestos de flores, manos que le acercan folletos de comida económica, irregularidades del terreno ciudadano, y calles por las que los autos zumban acuósamente. Pequeño pero eficiente, el cáos lo ensimisma unas cuantas cuadras hasta Thames, donde se detuvo y recibe, vulnerable y desarmado, un folleto cada veinte segundos. Gracias, repite, como ambobado. No ha sido, piensa, un gran video clip el que le ha tocado en suerte a ésa última canción del lado A del cessette, pero ha habido peores canciones y peores videos.
Ni tan asombrado ni tan preocupado, comprende (o hace como qué) que no irá a trabajar, y en su cabeza se amontonan argumentos y contraargumentos que con suerte no se volverán necesario ni reales. El cielo, opaco y gris, se aclara levemente y da entonces falsos indicios de una tregua que, como se ha dicho, sólo llegará al mediodía. De ésto ya está anoticiado el protagonista mientras pone monedas en el tragamonedas y se ubica en el fondo del colectivo que lo ha de pasear por la puerta de su trabajo para que, una vez allí, su más recóndito sentido de responsabilidad, lo invite a seguir de largo. Pero no es una escala intrascendente ya que la cámara se ha ubicado en la ventana de la oficina que lo covijaba diariamente, y observa cómo el colectivo noventaitrés, repleto y sin señales de Martín, circula por Av. Las Heras con indiferencia. Gran momento entonces. Sus compañeros de trabajo ya trabajan a desgano y ya se han preguntado entre ellos y con poco interés qué es lo que le ha ocurrido ésta vez a Martín, ya que siendo las nueve de la mañana no ha dado señal alguna en la oficina. Presto como se debe, el más jóven y exitoso de ellos, le lleva las nuevas al jefe, quien agradecido y molesto por igual, se comunica con la casa de Martín. Allí o allá, suena el teléfono que nuestro amigo, si cabe la mención, no atenderá. Se sabe, Martín viaja en el noveintaitrés y quién podría asegurarlo, probablemente ya circule por Plaza Francia. Como nadie lo ha atendido, el jefe supone erradamente que Martín andará camino a la oficina y planéa sin dificultad el discurso de despido que, según crée, le dará cuando éste llegue. Convenientemente, se le caen algunas frases delante de su empleado más exitoso y obsecuente, para que el jóven, estimulable e infalible, desparrame la noticia con el resto de los muchachos. Entonces dirán en voz alta que no hay mejor justicia que la justicia patronal y sin ponerse colorados, hablarán sobre nuestro héroe, si es que le vale el mote, y narrarán sucesos inéditos de unos para otros, y dirán que ha llegado tarde las últimas dos semanas. Viven así una mañana de lo más entretenida, estos cuatro paparulos que en menos de dos meses ya no tendrán trabajo por justas excúsas financieras, a excepción, claro, del más exitoso (por algo lo es) que será incluído en el flamante equipo de trabajo del nuevo emprendimiento del patrón: una imprenta.
Martín deduce, por lo presuroso de los acontecimientos, que no regresará a su lugar de trabajo nunca más. Una deducción que le entibia la mirada y le relaja las piernas. Frotándose las manos sobre el descubrimiento más acertado de toda la mañana, se baja en Libertador, y camina con inevitable alegría hacia Retiro. Un tren que lo dejaría en Carranza, y le permitiría caminar unas pocas cuadras hasta su casa, donde escucharía el mensaje que su jefe esnsayaba unas oraciones atrás, sale del andén en ése momento. Pero no es Martín quién lo observa, son otras personas que no concemos ni conocen a nuestro paladín, si el horrible adjetivo le calza, y que tienen itinerarios y destinos más o menos complicados y predecibles como el que relata ésta historia. Es así, redondeamos, que cuando Martín se despierta, tibio y blando por igual, en el noveintaitrés rumbo a la oficina, ya se encuentra a pocas cuadras de la decisión más felíz de sus últimos años. Y como es de preveer, no desciende en su lugar de trabajo y disfruta la música contenida en el walkman que, por trillado que parezca, es la canción “Esta es la sombra”, de Luis Alberto Spinetta. Obra mucho más recomendable que ésta crónica urbana que Martín ni sospecha.
Rosario, 3 de abril de 2006
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Martín sonríe. La lluvia también, pero sabe fingir.