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Obstáculos

En Cuento el noviembre 15, 2009 por Mariano Montenegro

 

Cementerio ClubA veces, cuando voy a cruzar una calle, pienso que podría pasarme eso que ocurre a diario, estadísticamente. Por eso invierto unos pocos segundos en observar a los costados con displicencia y seguir mi camino; a cualquier lado. También pienso a veces que no puede ocurrirme algo así; puedo argumentar que soy una persona cautelosa, cuidadosa, detallista. Pero no sé. Por un instante puedo saborear la sensación terrible de ese momento de terror absoluto: el coche clavando los frenos, yo girando mi cabeza hacia la muerte y de pronto un golpe seco; mi cuerpo deslizándose como un trapo mojado por todo el pavimento seco. Puedo ver que allí hay un señor, el primero que se acercará a ver qué ocurrió. Hay una señora que se quedará paralizada con su bolso en la mano. Luego unos enfermeros me tocarán y me quitarán la camisa y me inyectarán cosas. Con suerte llegará algún medio de comunicación a quien alguna persona que no conozco dirá pobre tipo. Pienso que bastaba con mirar mejor a los costados para que no hubiese ocurrido esta tragedia. Pero también me digo que es el destino. Y no sé qué será de mí, si realmente he muerto o qué me ocurrió. Habrá hospital y morgue. ¿Por qué motivo uno no puede pensar en ésto unos segundos antes? Ahora estaría en casa buscando noticias en la televisión, pensando en qué cocinar a la noche. Todo lo que no fue se vuelve gris, postales absurdas de otra vida que ya no será la mía. El ómnibus y la gente viéndome habitual, común, vulgar. Y yo no hubiese sentido desprecio por ellos porque sería en verdad una persona vulgar volviendo de su trabajo y nada más. Pero cuando eso no ocurre, cuando a pocas cuadras de la parada del ómnibus me ha atropellado un coche, todo se vuelve ensoñación. Todo se transforma y el mundo se me distancia inevitablemente. Puedo saborear que el mundo continuará girando alrededor del sol por muchos años más y que la ciudad seguirá siendo la ciudad y que mañana en mi trabajo recibirán la noticia con amargura urbana. Algunos compañeros imaginarán mi cuerpo destrozado contra el pavimento; serán invariablemente los testigos fantásticos de mi sangre. Alguno casi la tocará, tal vez. Seré el vehículo que los desprenda de esa apatía de oficina; de esa naturalidad mediocre que vivíamos a diario.
Me irrita el mundo sin mí, es un lugar sin sentido si yo no estoy él. ¿Para qué existiría un mundo si yo he muerto? No lo sé. Me exaspera que alguna persona me recuerde cuando yo hacía chistes o comente alguna cosa que he dicho cuando estaba vivo. Otros pensarán que era buena persona, un buen tipo, macanudo a su manera. Todos estarán equivocados. El mundo será un espacio equivocado para mí. Yo no era una buena persona; y en cambio a menudo tengo pensamientos que reconozco enfermizos. He pensado en la muerte de mis seres amados con tanta frecuencia que me doy asco. En cambio, si hubiese ocurrido lo otro, si el coche no me hubiese atropellado y mi vida hubiese continuado normalmente, con seguridad habría pasado frente a la señora con su bolso sin expectativas humanas para ella; hubiera visto a la cara de aquel señor que se acercó a ver mi cuerpo reventado en el cemento y no hubiese esperado de él más que me ignore con aires cotidianos; como yo hago con él a diario.
Sobre el cordón miro a los costados. Puedo cruzar de un momento a otro. Aún si yo supiese en lo profundo de mis convicciones que en verdad está la muerte allí, en medio de la calle, esperándome,  continuaría camino a la parada del ómnibus. Pero no sé por qué motivo me atropella un coche a esta hora de la tarde o porque la señora con su bolso no hace nada y se queda paralizada. Pienso irremediablemente en los seres que amo y me siento errado, despoblado, un organismo trunco. Los recuerdo contándome anécdotas aburridas y me veo riendo y me comprendo como una persona fea. Pienso que me dicen algo agradable o que simplemente ocurre un momento de armonía cósmica y puedo ver la instantánea de un ser amado mirando hacia un costado frente al río y yo me quedo observando la escena con sincera emoción. Sopla el viento. Recuerdo esas cosas que, supongo, podría extrañar, debería añorar. Entonces me paraliza la culpa. Me paraliza que aún sabiendo que he muerto hace unos momentos, mi vida no cambie. Me molesta la entrega que hago de mi persona. Me siento un miserable, un cobarde. Todo seguirá siendo igual. Entonces parado frente a la calle, veo a los costados con otros ojos y hay en esa calle una muerte esperando, y hay también seres queridos hablándome o abrazándome y hay un señor que hubiese corrido por mí. Siento que la calle no se termina nunca y pese a haber mirado a los costados y saber que no ha ocurrido ni ocurrirá nada, ésta otra vida que me recibirá al otro lado de la calle no es cierta. Cada metro de calle que cruzo es una mentira, una  realidad convencional, una costumbre humana, un impulso fatal, como respirar. Una gran pesadilla que nadie observa. Sé que he muerto allí y no es más que un detalle, un obstáculo que no me impide seguir caminando.
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Rosario, 21 de mayo de 2001
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6 comentarios para “Obstáculos”

  1. traumático para una persona como yo q está minutos en cada esquina esperando q ya no pase ningún coche, q no cruza aunque le hagan señas, q sospecha q cada conductor es un asesino al volante….
    Bs.Vs. M.P.M.

  2. Espléndido texto. Una a veces quisiera saber qué sucederá tras la muerte y estar allí para comprobarlo. Muy buena reflexión.
    Saludos

  3. Mariano: Muy buen texto. Quién sabe que nos depara el destino?. Te recomiendo una película (tal vez ya la viste) que trata este tema y es excelente: “Corre Lola, Corre…” Saludos.

    • Gracias Diego! A mi me preocupaba cuando escribí esto no tanto el destino como la recurrencia de un pensamiento negativo; la obsesión de dejar el mundo. Es cierto, lo que vendrá, llama. Y si, Corre Lola Corre es maravillosa. Soy fan, además, de la banda sonora. Preciosa. Abrazo, viejo! Y gracias.

  4. Que buen texto Mariano, felicitaciones!
    Una vez me pregunte lo mismo, que pasaría después de mi muerte; pude comprobarlo cuando murió un familiar cercano mio, y sabes cual fue la conclusión: no paso nada. El mundo seguia girando, las personas seguian andando todo seguia igual, afuera de mi mundo, nada se detuvo.
    Es triste pero a la vez es real, la muerte nos muestra que somos eso, una perdida grande en las personas que te aman y la nada pero los demás.
    Quizás la muerte sea lo mas parecido a lo que sienten los que menos tienen, los que se sienten indiferentes, el pibe que esta comiendo del tacho de la basura y vé como un nene de la mano de una mamá y un papá come un helado.
    No se, que se yo…saludos!!

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