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Infierno

In Cuento on noviembre 25, 2009 por Mariano Montenegro

No sería un error decir que, en efecto, sabemos de su existencia desde hace años y, más aún, algunos de mis colegas afirman con recelo académico que personas como usted son las que han cambiado el curso de la humanidad. Ya sabe, algunas teorías parecen demostrar que ésto que usted pretende hacer es lo que algunos llaman la ruptura de la línea de los tiempos históricos. Bah, demasiado título ¿no le parece, mi amigo? Aunque quién le dice que no sea, en el fondo, un gran título. Imáginese: “La ruptura de la línea de los tiempos históricos, por…” ¿cómo es su nombre? Pero no es que resulte trascendente su nombre, caballero, simplemente había que cerrar la frase. Vámos, siéntese, ahora le traigo algo para beber. Sabe, ésta mañana, cuando venía hacía aquí, una persona allegada me dijo que usted existía. Qué justo ¿no? Y yo le dije que sí, que ya los sabía. Pero ¿cómo reconocerlo? ¿cómo saber que usted es ésta persona que tengo delante mío y no cualquier otro? ¡son tantos! ¡son tantos! ¡son tantos! Gracias por venir. Claro que mejor así, por su puesto. Entienda, mi estimado, su existencia late desde siempre dividida en miles y miles de millones de corazones en todas partes del mundo. Sería un necio si no comprendiera que en cada uno de ustedes se esconde el peligro que aterra a personas como yo. Sabe usted que, básicamente, nosotros no somos más que un puñado de personas que desempeñamos papeles que, paralelamente, interactúan con los suyos y, para colmo de males, ¡somos legales! ¡qué trauma, diría un amigo! ¿no le parece? Entre nosotros, le confieso, se nos ha vuelto complicado sostener los engranajes funcionando. Claro, hombre, imagínese: horas y horas dedicadas a mantener los límites bien claros, a equilibrar fuerzas, a contraponer argumentos que sean de la misma manera convincentes y efectivos, sostener un discurso que al mismo tiempo nos alejen de las personas como usted y nos acerquen a los de su clase. Oh, sí, claro que, como puede verse, hemos fallado. Todo ha fallado. Se va a terninar el privilegio. Gracias compañeros. No importa si el guardia de seguridad pasará a la historia como un traicionero, un aliado o un idiota, ni mi secretaria, ni mis colegas, lo que importa, lo que nos trasciende a nosotros es que todo ha fallado si, como está demostrado, algo falló. Algo. Ya sé, los detalles técnicos aburren mucho a las personas como usted. Estará, me imagino, esperando que yo pase a las palabras que podríamos llamar adecuadas, que me salga de este traje que huele a asiento de avión y de una buena vez me deprima y le diga las verdades mejor guardadas. Se desilusionará, mi amigo. Créame. Y ámbos sabemos que alguien como yo, o cualquiera de mis allegados, ha visto y escuchado cosas por las que tipos como usted haría lo imposible. Piénselo, ¿qué le darían a cambio? ¿un lugar en la vecinal del barrio, hombre? Ja. No fantasée que estamos grandes. Y pensar que a éso, sólo a eso, le llaman por ahí la información; en verdad, y viendo que las circunstancias se han vuelto, digamos, extremas, yo le diría que la información es algo mucho menos valioso de lo que se cree. De hecho, fíjese bien, en éste valioso minuto de nuestras vidas hay otras tantas personas manejando ésta misma información con profesionalismo y entrega, apasionados por sus pequeñas verdades; y nosotros acá, como si nada ocurriese y sin que se nos mueva un pelo. Porque, sabe qué, los hombres comúnes no saben qué hacer con ésta verdad. Allí va la verdad, pero aquí viene la mentira, y más allá algun trozo de la verdad, alguna mutilación de una mentira que, fatalmente, esconde una verdad… ¿A quién le importa? No se engañe: si la información fuese tan valiosa como todos ustedes créen, pues no lo dude mi amigo, estaría prohibida. ¿Quiere la verdad? ¿Quieren ustedes la verdad? ¡No hay verdad, señores! ¿Qué haría alguien como usted con la verdad? ¿La vendería por un lugar en el centro de estudiantes del nene? Y créame, si la verdad realmente existiera, ninguno de ustedes sería capáz de soportarla. Nosotros, seres horribles, multiformes e insaciables, hemos sabido, al final, hacer algo con ésa única verdad. Inventamos la rueda cuadrada que gira. Los demás, ustedes, reinventan las mentiras ansestrales que han vuelto a tipos como usted en lo que son: el fracaso de la humanidad toda. Muchas gracias. El fracaso de la humanidad toda. Muchas gracias, la patria está de pié. ¿No quiere tomar algo? Imagino que estará agotado. ¿A qué se dedica alguien como usted? Qué interesante. No vaya a creer que esta conversación es cosa de todos los días, hombre. Le concedo un espacio que ni el más tonto entre los tontos rechazaría. Sabe bien que para nosotros más vale cualquiera de los tontos aquellos que estoy citando que alguien como usted. Y no, caballero, no mienta en mi presencia, usted no tiene un pelo de tonto. ¿Cómo argumentaría que un tonto llegase hasta estas instancias? No, mi estimado, los tontos, ya le dije, están en la calle, tirando de la soga, los tontos están ahora en sus casas mirando la televisión, recibiendo tontamente la instrascendente información que tan crucial se ha vuelto en el último tiempo de sus vidas, otros tontos, y usted lo sabe, están leyendo libros o escribiéndolos, compartiendo en los cafés textos fracasados de ilustres perdedores, parodias inquietantes que otros tontos leerán. No, tal vez no es el caso de hoy, claro. Simplemente estoy tratando de ser lo más didáctico posible. Véalo de esta manera: éste botón dispone realidades según mi antojo. ¿Qué la gente muere de hambre? Botón, compañero. Funciona cronométricamente, el equilibrio de intereses y poderes es una ciencia básica. Le repito: un botón. Y si lo desea le muestro el tablero entero. La realidad, intangible pero manejable, soy yo. Gracias, faltaba más. La patria toda ha dicho basta. Gracias ¿En qué estábamos? Ah, sí, yo mismo. Yo mismo, de cuerpo presente, soy el pulso eterno de quienes hemos sabido disponer las cosas. ¡Pero no se me quede así callado que estamos en cadena nacional, hombre! ¡Tiempo en el aire! ¡Televisión! Venga, muchacho, acérquese y salude. ¿Tiene hijos usted? ¿Qué pasa con el café? Gracias, hermanos y hermanas. Ah, sabe, en algún lugar siento placer al saber que usted me ha elegido para llevar adelante su obra máxima. Porque ésta sería su obra máxima ¿no? No pretenderá, entiendo, luego salir por la puerta como quien sale del kiosco con un paquete de cigarrillos y vuelve a su casa a ver la novela. ¿Fuma usted? ¿Tendría un cigarrillo? Algunos asesores me dicen que no está bien visto que yo fume, usted sabe, pero las cosas se han extralimitado un poco. ¡Hombre, qué poco sentido del humor! ¡Vámos, regálele una sonrisa a su pueblo! ¡Dios mío! ¿En qué iba? Ah, sí, el miedo. Me está matando el miedo. Dígame, ¿me disparará en la frente o en la nuca? No, no es por nada, es que pienso en mi mujer y en mis hijos en casa, viendo ésta escena poco frecuente. Usted sabe, ¿ellos qué culpa tienen, no? Gracias, muchas gracias. La patria nos necesita. Juntos podemos. El cambio es ahora, hermanos de éste bendito suelo. Nos vemos en el infierno.

Rosario, 18 de junio de 2006

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Obstáculos

In Cuento on noviembre 15, 2009 por Mariano Montenegro

 

Cementerio ClubA veces, cuando voy a cruzar una calle, pienso que podría pasarme eso que ocurre a diario, estadísticamente. Por eso invierto unos pocos segundos en observar a los costados con displicencia y seguir mi camino; a cualquier lado. También pienso a veces que no puede ocurrirme algo así; puedo argumentar que soy una persona cautelosa, cuidadosa, detallista. Pero no sé. Por un instante puedo saborear la sensación terrible de ese momento de terror absoluto: el coche clavando los frenos, yo girando mi cabeza hacia la muerte y de pronto un golpe seco; mi cuerpo deslizándose como un trapo mojado por todo el pavimento seco. Puedo ver que allí hay un señor, el primero que se acercará a ver qué ocurrió. Hay una señora que se quedará paralizada con su bolso en la mano. Luego unos enfermeros me tocarán y me quitarán la camisa y me inyectarán cosas. Con suerte llegará algún medio de comunicación a quien alguna persona que no conozco dirá pobre tipo. Pienso que bastaba con mirar mejor a los costados para que no hubiese ocurrido esta tragedia. Pero también me digo que es el destino. Y no sé qué será de mí, si realmente he muerto o qué me ocurrió. Habrá hospital y morgue. ¿Por qué motivo uno no puede pensar en ésto unos segundos antes? Ahora estaría en casa buscando noticias en la televisión, pensando en qué cocinar a la noche. Todo lo que no fue se vuelve gris, postales absurdas de otra vida que ya no será la mía. El ómnibus y la gente viéndome habitual, común, vulgar. Y yo no hubiese sentido desprecio por ellos porque sería en verdad una persona vulgar volviendo de su trabajo y nada más. Pero cuando eso no ocurre, cuando a pocas cuadras de la parada del ómnibus me ha atropellado un coche, todo se vuelve ensoñación. Todo se transforma y el mundo se me distancia inevitablemente. Puedo saborear que el mundo continuará girando alrededor del sol por muchos años más y que la ciudad seguirá siendo la ciudad y que mañana en mi trabajo recibirán la noticia con amargura urbana. Algunos compañeros imaginarán mi cuerpo destrozado contra el pavimento; serán invariablemente los testigos fantásticos de mi sangre. Alguno casi la tocará, tal vez. Seré el vehículo que los desprenda de esa apatía de oficina; de esa naturalidad mediocre que vivíamos a diario.
Me irrita el mundo sin mí, es un lugar sin sentido si yo no estoy él. ¿Para qué existiría un mundo si yo he muerto? No lo sé. Me exaspera que alguna persona me recuerde cuando yo hacía chistes o comente alguna cosa que he dicho cuando estaba vivo. Otros pensarán que era buena persona, un buen tipo, macanudo a su manera. Todos estarán equivocados. El mundo será un espacio equivocado para mí. Yo no era una buena persona; y en cambio a menudo tengo pensamientos que reconozco enfermizos. He pensado en la muerte de mis seres amados con tanta frecuencia que me doy asco. En cambio, si hubiese ocurrido lo otro, si el coche no me hubiese atropellado y mi vida hubiese continuado normalmente, con seguridad habría pasado frente a la señora con su bolso sin expectativas humanas para ella; hubiera visto a la cara de aquel señor que se acercó a ver mi cuerpo reventado en el cemento y no hubiese esperado de él más que me ignore con aires cotidianos; como yo hago con él a diario.
Sobre el cordón miro a los costados. Puedo cruzar de un momento a otro. Aún si yo supiese en lo profundo de mis convicciones que en verdad está la muerte allí, en medio de la calle, esperándome,  continuaría camino a la parada del ómnibus. Pero no sé por qué motivo me atropella un coche a esta hora de la tarde o porque la señora con su bolso no hace nada y se queda paralizada. Pienso irremediablemente en los seres que amo y me siento errado, despoblado, un organismo trunco. Los recuerdo contándome anécdotas aburridas y me veo riendo y me comprendo como una persona fea. Pienso que me dicen algo agradable o que simplemente ocurre un momento de armonía cósmica y puedo ver la instantánea de un ser amado mirando hacia un costado frente al río y yo me quedo observando la escena con sincera emoción. Sopla el viento. Recuerdo esas cosas que, supongo, podría extrañar, debería añorar. Entonces me paraliza la culpa. Me paraliza que aún sabiendo que he muerto hace unos momentos, mi vida no cambie. Me molesta la entrega que hago de mi persona. Me siento un miserable, un cobarde. Todo seguirá siendo igual. Entonces parado frente a la calle, veo a los costados con otros ojos y hay en esa calle una muerte esperando, y hay también seres queridos hablándome o abrazándome y hay un señor que hubiese corrido por mí. Siento que la calle no se termina nunca y pese a haber mirado a los costados y saber que no ha ocurrido ni ocurrirá nada, ésta otra vida que me recibirá al otro lado de la calle no es cierta. Cada metro de calle que cruzo es una mentira, una  realidad convencional, una costumbre humana, un impulso fatal, como respirar. Una gran pesadilla que nadie observa. Sé que he muerto allí y no es más que un detalle, un obstáculo que no me impide seguir caminando.
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Rosario, 21 de mayo de 2001
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Empleos insospechables

In Cuento on noviembre 14, 2009 por Mariano Montenegro

Buster KeatonPrimero había sido el tiempo. Nadie puede concebir que en tan pocos minutos la habitación se poblara tan magníficamente, como si las personas saliésen de los bolsillos de los demás. Unos quince minutos atrás podían contarse con los ojos y establecer identificaciones circunstanciales: la rubia de vestido azul, la señora del sombrero, el muchacho del celular futurista, el chico tímido. Pero ya no.
Ahora resultaba difícil saber si el chico tímido había desaperecido o si estaba allí tapado por los demás. Pero a nadie parecía preocuparle la situación y algunos dialogaban en voz baja con el mismo respeto y naturalidad con que se hace en un velorio o en un ascensor.
- No creo que sea necesario -comentó un señor de traje.
- Vendrá mas pronto de lo que creemos -comentó un señor mayor -. A veces se demora, pero jamás ha pasado a mayores. En tal caso, esperaremos el próximo -. Y dicho esto levantó la vista como buscando aprobaciones con una sonrisa incierta que asomaba por uno de los lados de su boca. Nadie le prestó gran atención, aunque el señor de traje levantó las cejas con aires incrédulos y miró la hora, mientras el chico del celular futurista se rascaba la barbilla y escudriñaba al señor mayor con gran recelo como si éste último no lograse verlo.
Un momento después el chico del celular había desaparecido entre el movimiento de los mas impaciente y los que, mas resignados, se movían para abrirles paso. Algunos tocían y se rascaban la cabeza al tiempo que otros, como la señora del sombrero, comenzaban a dormitar apoyados contra las paredes.
- Tuvo suerte -dijo el señor de traje con un dejo de ironía -. Supongo que con ése celular se pueden hacer infinidad de cosas.
- Es lo de menos -sentenció el señor mayor mirándose las manos -. Puede ser su traje, el sombrero de la señora, la carita de ése muchacho… dá lo mismo.
- No puede dar lo mismo -intervino la señora del sombrero.
- Pero lo es -dijo el señor mayor sin dar lugar a equívocos.
Pasaron unos pocos minutos más de silencio. La mayoría de las personas había dejado de moverse y el aire se viciaba lentamente.
- Se fué a calentar café -dijo un hombre canoso que había aparecido sentado en una silla de madera sin que nadie se sorprendiera.
- ¿Pero está escribiendo? ¿Qué ocurrirá con nosotros? -preguntó la señora del sombrero que parecía impacientada y preocupada.
- No creo que pase gran cosa con usted -soltó el hombre mayor sin dejar de mirarse las manos.
- Es una barbaridad -se quejó la del sombrero acomodándose la ropa.
- ¿Y el muchacho del celular? -preguntó el señor de traje.
- Lo atropelló un coche -contestó el hombre canoso -. Iba escribiendo un mensajito de texto. Era predecible.
- Muy obvio -agregó el señor de traje.
- Repetitivo -dijo un chico que había aparecido detrás de la señora del sombrero. Cuando todos volvieron la cabeza, él sonrió con malicia, y buscando con la mirada agregó: “Tal vez necesite un señor de traje, habrá pericias”.
- ¿Pericias? -preguntó la rubia de vestido azul con sorpresa.
- Superó a lo mas obvio -dijo el señor de traje con maldad. Pero dicho eso se marchó. “Lo que dije, pericias”, susurró el chico.
- ¿Pericias para qué? -preguntó la de vestido azul -. ¿Hará falta una secretaria?
- Yo soy contadora -dijo la de señora del sombrero.
- Mire, si la idea es trabajar con el tipo del traje, le aviso que ése no va a dudar entre usted y la señorita aquí presente -dijo el señor que había aparecido en la silla.
- Eso lo veremos -contestó la señora, ofendida.
Un instánte después la de vestido azul dijo “me llaman”, y salió disparada entre la gente.
- Es el colmo -dijo la señora -, si por lo menos dejara de escribir para ése diario de cuarta.
En ése segundo reapareció el muchacho del celular futurista.
- ¿Qué pasó? -preguntó el de la silla.
- Nada. Me agarró un auto y me internaron. Pero ya quedé en terapia intensiva hasta el final, así que me vine para acá.
- Bueno, esto va a terminar donde siempre -dijo el señor canoso.
- Lo unico que falta ahora… -alcanzó a decir la señora del sombrero; y dicho éso salió protestando y maldiciendo.
- Pobre, es mi mamá -dijo el muchacho.
- No te puedo creer -dijo el de la silla, que se paró y salió dejándole un cigarrillo encendido al muchacho del celular futurista.
- Mi padre -aclaró el muchacho.
- Otra fantasía hospitalaria ¿no? -preguntó el viejo, que se había quedado solo con el muchacho.
- Supongo que sí. Con un poco de suerte puedo entrar cuando empiecen las escenas sobre las camillas. ¿Fuma usted? -preguntó el muchacho, estirándole el cigarrillo al viejo.
- No, gracias. Además, lo más probable es que me toque limpiar todo mañana. Bah, ahora.
- ¡Que trabajo de mierda! -se quejó el muchacho.
- No se, yo tengo esperanza con ésa novela existencialista que dice que está escribiendo.
Luego de un momento en silencio. El viejo se acomodó el cinturón y la camisa y salió caminando con resignación. El chico se quedó allí unos instántes más. Hacía largo rato que no le tocaba estar solo. Pero unos minutos después, cuando se estaba por sentar, salió largando puteadas al aire.
- ¿Un stripper? ¿Tiene que ser un stripper? -resongaba cuando se fue.

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Ésta es la sombra

In Cuento on noviembre 14, 2009 por Mariano Montenegro

Ésta es la sombra, Luis Alberto SpinettaUna historia trillada, se dice, es una historia contada ya muchas veces cuyos sucesos resultan obvios y predecibles al general de los lectores o escuchas. Es entonces, en algún aspecto, el caso de ésta historia que nos convoca en éste recóndito lugar en que solemos encontrarnos, siempre con excúsas lo suficientemente importantes como para obviarlas. Las obviaremos entonces.
La mañana del lunes en que Martín, llamado Martín desde que nació, se levantó para ir a trabajar, pronto entendió que sería un día difícil. Afuera llovía con un odio urbano y resentido, si se tiene en cuenta el horario, o si se entiende urbano y resentido por una misma cosa. Los más, ellos, las personas secundarias de éste relato, salen de sus casas a trabajar y deben soportar baldasos enteros de agua que ni por absurda piedad meteorológica dejarán de caer hasta el mediodía, y en eso andan, corriendo ómnibus y taxis y remises, guareciéndose por valiosísimos instántes debajo de los azarosos refugios que la arquitectura de la ciudad ha desperdigado erráticamente con fines que no vienen en cuenta.
Las imágenes narradas precedentemente están, tal cuál se contaron, en la cabeza de Martín (están advertidos), esa figura humana que ahora la cámara sigue desde la cama hasta el baño. Se observa en el espejo con una expresión de resuelto malhumor, los pelos están revueltos y encaprichados, la boca incuestionablemente de pato, los labios regordetes y apachorrados. Ya hizo pis y se quedó ahí, mirándose. Y en ésta parte del relato que la cámara prefiere desestimar por falta de dinamismo, Martín comprueba, apenas molesto, que su aliento no es ni muy agradable ni muy elegante, y que lo mejor es empastarse ahora con dentífrico y refregar la cavidad bucal con desánimo matinal. Muy resuelto, no lo hace y sale del baño con intenciones alimenticias poco esperanzadoras. Una taza de café con leche, unas galletitas de agua que se han untado en manteca con desprecio gastronómico y que ya, rápidamente pues el tiempo vuela, están en el estómago del mismo Martín del baño que, aún malhumorado, continúa obsrvándose, pero ahora en el espejo del ascensor, mientras éste desciende cual descensor lo haría.
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Espacios

In Cuento on noviembre 14, 2009 por Mariano Montenegro

EspaciosUsted está parado en un lugar estratégico. Dificultoso resultaría explicar ahora cómo es que se le ocurrió quedarse ahí, quieto, esperando cosas que, debería reconocerlo, sólo usted conoce cabalmente. Su objetivo, un hombre mayor con aspecto vulgar que se pasea en estos momentos con las manos en la espalda por la plaza poco iluminada. Mal iluminada, hay que decir. Yo veo la escena desde acá y la verdad es que, en razón de mi seguridad, no me inquieta en absoluto que usted porte un arma blanca escondida debajo del saco. Usted observa con los ojos clavados en la espalda del viejito. Sin ánimos de parecer entrometido, diría que lo que usted pretende es matar a ése viejo. Realmente desconozco los motivos que lo mueven a realizar dicho acto y, le digo más, por su aspecto me queda la sensación de que lo quiere matar por el simple placer de hacerlo ¿o me esquivoco?. Pero usted me ignora y comienza a caminar hacia él con pasos decididos. Podría yo, que para eso estoy aquí, llamar a algún agente policial.
- ¡Ni se te ocurra! -me dice usted.
Pero yo no le doy importancia y me dispongo a mirar a los costados en busca de alguno. No sé por qué no hay un policía aquí cuando debería haber uno en cada plaza, mas aún a éstas horas de la madrugada. Yo busco con la mirada, y parece que ésto a usted lo ha intimidado un poco, y ahora ha vuelto a agazaparse detrás de un arbusto pequeño junto a las hamacas. Entonces me doy cuenta de que la única manera de evitar un asesinato esta noche en esta plaza, y me refiero particularmente al asesinato del viejito, es acercarme hasta el anciano y persuadirlo de que se retire a su hogar.
- ¡Te mataré a tí también! -me dice usted, sin medias tintas.
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