Hace un tiempo estoy tratando de escribir con relativa constancia. Me he propuesto o me he impuesto algún determinado itinerario que me permita vislumbrar a ciencia cierta la inapelable tendencia de ponerme a escribir que todos estos años ha colmado con mas frustración que festejos mi vida toda. Y he comenzado simplemente con ese fin. Creo que, en el fondo, no pretendo escribir grandes cuentos ni grandes revelaciones, sino como he dicho, simplemente hacerlo. Esto ha hecho que en los últimos días haya escrito tres cuentos. No me parecieron geniales al finalizarlos, y sin embargo no me creo capáz de mejorarlos en este momento. No me interesa. Tal vez encierre mayor ansiedad por redondear alguna cuestión estética mas que una cuestión de contenidos. Probablemente, y solo a fin de seguir una senda de matizes insoportables, sólo me he predispuesto a seguir el designio de mis ojos y mis manos, y no el de mi espíritu. De esta manera puede ocurrir que a menudo me detenga largos minutos a observar una palabra esdrújula con el mismo detenimiento que podría hacerlo un letrista de canciones. Y no niego que detrás de esas actitudes hay un escape, sino por el contrario, lo declaro formalmente. Estaré enojado, sospecho, y sigo mi vida. Escribo con cierto aire de solemnidad y me entrego a la escritura de la misma manera que me entregaba a la vacuna contra el tétano.
Rosario, 4 de enero de 2003


Hola, mañana. Ingreso en el terreno de la duda sensata. Llegar a la mañana después de una larga noche de no dormir es una grosería que me mal predispone a continuar con la jornada. Arribo viciado de estrellas y cigarrillos, de grillos y café quemado, de palabras cuyo significado se ha vuelto obsoleto. Penumbra, desasosiego, soledad. No hay sol en éste mundo que tolere las palabras que me dispongo a nombrar. El mundo ya no me sirve y debo retejer el entramado de tiempo. Dormiré y despertaré luego en otro mundo. El giratiempo todo lo vuelve novedad.