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Detalles

In Cuento on marzo 29, 2014 by Mariano Montenegro

detallesA mi me gustaban los detalles, por eso la primera y última vez que ella entró a mi departamento, casi me desmayo de la emoción al darme cuenta que felizmente había notado aquella sutileza. Llegamos tarde, habíamos pasado la noche conversando en un bar y comenzaba a aclararse el cielo desde el este cuando decidimos ir a mi departamento. La noche había sido amena en todas sus formas y cada cosa parecía suceder simplemente para dar lugar a un nuevo suceso. En ese marco, la charla había sido fluida y ambos notábamos que podíamos hacer sin mas un hermosa charla. El día anterior, yo me había pasado largos minutos dándole sentido a mi detalle, había pensado ese momento en que ella entrase al departamento y me detuve uno a uno en aquellos lugares que su mirada recorrería ineludiblemente.
Llegamos cerca de las cinco y media. Entramos casi en puntitas de pie y nos mirámos tontamente en el pasillo viendo lo cómico que resultaba vernos caminar de ésa forma. Mientras yo buscaba las llaves, ella tuvo la acertada idea de quitarse los zapatos y colgarlos de uno de sus dedos. Allí me observó desafiante y yo sentí que jamás encontraría la llave. Volvimos a reír.

Abrí la puerta y, tan pronto como pude, encendí la luz. Allí estaba el detalle. Ella dejó los zapatos en la entrada y caminó con sana y respetuosa libertad por el living. Sus pasos eran breves y decididos. Yo guardé un alegre silencio y la observé en toda su extensión mientras ella caminaba en dirección a mi detalle. Entonces se detuvo frente a la diminuta mesa de madera y comenzó a recorrerla con su mirada. En ningún momento su cintura se encorvó para ver mejor y hoy día creo que ese detalle fue algo que me impactó. Parado unos metros detrás de ella, yo la observaba con sedada ansiedad como quien tan solo espera confirmar que algo es como debe ser y no distinto. Ella volteó su mirada hacia mi y me sonrió. Sin embargo yo permanecí con un medio gesto de alegría.

Yo quería confirmar que ya lo había visto, pero sin embargo me limité a darme vuelta y terminar por cerrar la puerta con llave para luego quitarme el abrigo. Volví a mirarla y ella ya se había quitado tambien su abrigo y seguía mirando las fotos ahora con una leve inclinación de su columna hacía atrás, como si necesitase mayor distancia para apreciar las fotografías. Allí estaba el detalle, frente a ella. Yo entendía que estaba observándolo pero que, tal vez impresionada o sin saber qué decir, continuó recorriendo con su mirada el resto de la pequeña mesita. Me acerqué y la tomé por la espalda. Me asombró notar que sus hombros estaban rígidos como si todo su cuerpo estuviese experimentando algún tipo de tensión muscular. No quería interrumpir el momento con ninguna frase y tenía la idea de que lo único correcto por decir no se me ocurriría jamás. Así entonces, permanecí callado, apoyando mi cabeza sobre su hombro izquierdo como espiando.
Su mano derecha se movió lentamente hasta el perchero, allí descanzaba el abrigo que acababa de quitarse, y sin quitar la mirada de las fotografías, lo tomó entre sus manos.
– Me voy -dijo.
Fueron dos palabras que me dejaron sin respiración. No supe que decir por unos instantes que me parecieron eternos.
– ¿Cómo que te vas? -le pregunté, algo nervioso.
– Sí, me voy -dijo, sonriéndome nerviosamente.
Era evidente que había visto mi detalle y que ciertamente no le había gustado. Yo quedé sumergido en una profunda decepción y todo el tiempo trascurrido hasta entonces se fue haciendo cada vez más oscuro y más triste y por último más olvidable. Ella me miraba como pidiendo una explicación.
– Era un detalle -le dije, al cabo de unos segundos en que su rostro parecía sumergido en una hipnósis involuntaria.
– ¿Qué cosa? -me preguntó, como volviendo de un sueño.
No supe que decir. Nuevamente se apoderaba de mí la duda. ¿Lo había visto ya o no?
– El detalle -dije, titubeando.
– Tengo que irme -sentenció, poniéndose los zapatos.
Finalmente la acompañé hasta la puerta sin que mediaran palabras entre nosotros. Cerré con llave y no pude más que apoyarme de espalda contra la puerta oyendo aún sus pasos hasta el ascensor. Luego me acerqué hasta el detalle y volví a ponerlo en el cajón del que jamás debí sacarlo.

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Una piedra azul

In Extracto on diciembre 16, 2013 by Mariano Montenegro

MAREn el principio había una piedra azul. Había mar un poco mas allá y había frío, mucho frío; porque si hay mar y es de noche: hay frío, y viento. Y en el principio la mano sostenía la piedra como si fuese una mariposa dormida. Mis ojos miraban con la certeza de que allí empezaba el ensueño, sabían que desde entonces todo sería levantar la vista hacia el mar para morir de una dulce angustia, para morir de una piedra azul. Esas cosas, las mismas que me decía años atrás, esas cosas. Pero no, mentira, es todo mentira. Con éso del mar y las piedras de colores no podés hacer nada, no te engañes, me decía. Pero tantas cosas me dije por decir. Después fue volver con Juan casi muerto, y fue la peor etapa del útero, fue la mochila y la piedra, fue entrar en la ciudad para recorrer el último tramo de cordura. Y ahora esto. Qué se yo dónde estoy, me perdí el rastro, y no podría reconocer mis huellas en el cemento fresco, no podría. Debería existir algún Juan que me dijese “novela, novela”, para que yo reconociese allí al compañero de pérdida, para que este encierro no huela a tumba. Ah, salirse, sí, salirse. Porque cuando esta conversación no había comenzado yo ya sabía. Ya me daba cuenta yo de las piedras, de toda esta idea que aparece en los peores lugares. Y ahora acá, frente al río, con vos hablándome tan lindo, contándome tus cosas importantes, tus cosas, todas. ¿Y yo? ¿Cómo haré para llegar a casa y recordar lo que me estás diciendo? No, me digo, no se puede. Vamos al mar, me voy al mar. En el principio había una piedra azul. Y no estoy seguro de que exista alguna casa donde llegar, algún-yo-mismo que se supone tenga ánimos de abrir la puerta y calentarse café y buscar el sueño sin interferencias uterínas, sin Juan, sin piedra. Y estás haciendo gestos hermosos con los ojos, con las manos llenas de elocuencia yendo y viniendo por este aire que ahora nos junta en la conversación. Conversación, qué conversación. Basta de nada, tonto, bobo. Mañana te llamaré para decirte que volvamos a vernos, hay que evitar la cama, te diré que nos veamos acá frente al río, te contaré la historia desde el principio; porque hasta ahora escuchaste la historia torcida, plagada de horarios de protección, enferma de literatura de bolsillo.

Y salimos del parque caminando silenciados por la ciudad. Volvimos la mirada al río solo una vez. Recuerdo que me dije, riendo, que allí había otro principio. Estoy tan lleno de principios, sabés. Pero vaya uno a saber que descabellada grosería metafísica mantiene en pié la idea de que los principios son puros, son únicos, son la única verdad. Mentiras, che. Porque como si no fuese suficiente con eso, también las mentiras. Si, eso que tenés en la cabeza, esas cosas que ocurren en los planos intangibles, en la otra vida. Bah, mentiras. Y ahora me hablabas de algo real, Flor, me decías que el frío y esas cosas. Si, siempre el frío. Te tomé del hombro mientras cruzábamos calle Wheelright hacía el centro. Había unos chicos sentados en un umbral, una pareja. Parecen felices, me dijiste al oído, y no hacías otra cosa mas que decirme que estaba muerto, y vos sí, vos felíz, amor, no es tu culpa. Quién sabe, esas cosas. Pero caminamos unos metros mas y ya no aguantamos, y no hizo falta mayor explicación para sentarnos en un umbral. Habías comprendido tan pronto todo… pero yo estaba cansado ya, y estaba solo. Pero esas cosas, me decía, esas cosas. Siempre me ocurre que las cosas que me llevan, me traen. Basta. Y vuelta a empezar. Porque con qué fin negaría que eso que hiciste fue hermoso. No, vos no comprendías nada, nunca, pero sabías explicarme todo con ésa irritante manera de ser linda y simple y tonta; y después terminamos sentados en un umbral. Es hermoso, tarado. Y cuando nos sentamos todo nuestro cuerpo se volvió mas rígido como esperando la inyección-letal-de-felicidad que, claro, no llegó. Pero vos me mirabas de una forma, y mas allá la pareja se reía, y parecían reírse de nosotros, y el mármol helado, y la piedra, y esas cosas, y qué cosas eh. ¿Qué cosas? Ya estaba tan cansado de las cosas. Me mirabas y parecías preguntarme si era feliz, mi ángel. Tus ojos no aguantaban la risa y yo te dije que no. Quien sabe. Ahora ya ni sé por qué te dije que no. Me río. Si, diré en el futuro, yo fui feliz y no me dí cuenta. Pero no, no me hace gracia, amor, no me hace gracia.

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Dos semanas

In Cuento on diciembre 16, 2013 by Mariano Montenegro

dossemanas

“¿Le habrá pasado algo?”, se preguntó, encendiendo un cigarrillo. Pero ella no llegó. No llegó a tiempo ni llegó después. Llamó a la noche, llamó pidiendo disculpas, dando detalles de una excusa coherente que lo convenció. Pero entonces la sexta vez que intentaron encontrarse, y fallaron, él sospechó. Y si bien la vez número cuatro había sido su culpa, sospechó de ella. Se lo dijo: “Llevamos dos semanas queriendo vernos”, lamentó. Ella también lamentaba. Lamentaba honestamente y tampoco daba crédito al desencuentro casual, sencillamente fortuito. “Probemos hoy”, dijo, y colgó el teléfono. Pero más tarde, en la esquina de Urquiza y San Lorenzo, se buscaron inútilmente. Ella no fue. O él no fue. “Yo estuve ahí y vos no estabas”, le reprochó por la noche. “Me quedé dos horas esperando”, se quejó ella sin pelear. Él volvió a sospechar. “Basta, voy a tu casa ahora”, dijo. “Me parece bien”, aprobó ella melódicamente. Más tarde, él tocaba el timbre de ella. “Bajo”, se oyó desde el portero. Pasaron algunos minutos de silencio de autos y colectivos. La sospecha lo fue abandonando como un dolor de cabeza. “Hola, ¿tenés cambio de cien?”, preguntó ella como disculpándose y tomando la caja con la pizza. Él, sereno, ya algo cansado, se llevó tres dedos a la frente quitándose la transpiración. “Sí”, dijo finalmente, como distraído. Ella lo miraba con ojos cotidianos, mientras él bucaba el vuelto con un pensamiento entumecido de una rutina de siglos. “Gracias”, dijo ella con una sonrisa cristalina en toda la boca, y le dio cinco pesos de cortesía. “De nada”, respondió, de pronto contagiado de sonrisa y poniendo en marcha la moto y poniéndose el casco y poniéndose a pensar qué les había pasado todos estos años que pasaron en las últimas dos semanas.

 

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Al verse

In Cuento on septiembre 25, 2013 by Mariano Montenegro

camaHabían hecho el amor con áspera dulzura y tenían los cuerpos usurpados por ardores erráticos y chispas inquietas que venían desde el fondo del día. Se vistieron rápidamente, de adentro hacía afuera, mirándose de manera inequívoca y saboreando la desnudez que amanecía en cada uno de ellos. Susurraron frases engañosas, vocablos sueltos de oraciones incompletas, gestos arrancados de conversaciones pasadas. Recorrieron la habitación sin temor ni error ni necesidad de fingirse intenciones: la encontraron tibia y sobrecogedora. En el ascensor desconfiaron sin dramatismo: de ellos, del hotel, de la habitación incierta. En la recepción fueron torpes y dulces en el ir y venir de manos y papeles y billetes. Se fueron. A ambos les dolía la noche sórdida de falso sinfín y mágico vaivén de cuerpos en fuga, de cuerpos bailando, de cuerpos sudando debajo de cabezas parlantes bebiendo la última cena diaria. Se fascinaron. Conversaron en un rincón apretado de ruidos y música hipnótica y monocorde pero bella y simple. Ella sonrío sin miedo ni afectación, honestamente. Él se acercó. Se miraron varios minutos en silencio. Se vieron por primera vez, distantes, distintos, entre tantos, tan tontos. Dejaron de verse cuando la noche se había cerrado de humo y personas erráticas como chispas inquietas que venían desde el fondo del día. Se desconocieron. Nunca más volvieron a cruzarse.

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Tregua

In Extracto on diciembre 12, 2009 by Mariano Montenegro

Tregua es un capítulo avanzado de una novela que ya jamás terminaré. No es ni el más redondo, ni el más esclarecedor ni el más nada. Sólo tiene música. La tuvo cuando nació. Cada tanto, recurrentemente, algunos párrafos del capítulo vuelven a mi cabeza sin que pueda establecer yo una conexión con la realidad que vivo 6 años después de haberlo escrito. Pero siendo que vuelve, pienso que volver es algo lindo.

(00:00) Track 7. Saint Germain. Pont des art. Play. Observo con ojos de loco, con la cabeza rígida como atrapada en el hielo, la chica de azul, preciosa, cruzando Av. Pellegrini, el diariero leyendo la revista Noticias, un grupo de estudiantes conversando como en una película muda, la mirada hacia arriba con religioso recelo, nubes blancas, enormes, detrás el cielo celeste y luminoso, comienzo a caminar con pasos decididos, me siento bien, me siento partícipe de una estructura enferma que sostiene otras estructuras mas altas, pero me siento como un gran ojo que levita por Rosario, los autos llegando en malones desde el río, lentamente, muy lentamente se detienen antes de la senda peatonal, la rueda frente a mí se detiene para que lea Firestone (00:31) sin necesidad de girar mi cabeza, el semáforo en rojo se pone en verde y yo estoy en el centro de la avenida, en el cantero del central, arrancan suavemente (00:46) y veo en sus interiores con impunidad, paquetes de cigarrillos sobre el asiento del acompañante, un diario, detrás dos nenas de impecable uniforme con similares peinados y apliques, otro auto, un señor mayor, elegante, de riguroso traje gris y corbata desanudada, una agenda negra a su derecha, la ventanilla apenas abierta donde un flash de mi figura se detiene algunas milésimas de segundos y me observa con asombrosa compasión antropológica, mas autos, modernos, enfrente la salida del supermercado con sus enormes ventanales vidriados, detrás de ellos un vaivén suave y desorganizado de personas, doy un paso que retardo para observar a los costados, todos los vehículos se han ido, apoyo la suela de la zapatilla derecha en el pavimento (01:25) y comienzo a andar con una incompatible alegría en los ojos que ven a Florencia articulando la música que quiero que articule, con sus trenzas pequeñas, con su mirada de tierno fantasma en sus ojos circundados por límites negros y precisos, entonces llego a la vereda opuesta, ahora ella me habla con palabras monosílabas y cada una se pronuncia en coincidencia con un diminuto clap que ha decidido ocurrir a la altura de mi parietal izquierdo, la imagen, a veces sepia, a veces con tonalidad azul, se repite en un loop perfecto e inapreciable hasta que se pierde a la altura de calle Montevideo, donde me detengo a mirar una vez mas la vidriera y las antigüedades que hay detrás del vidrio, un espejo, un reloj, unas figuritas castigadas por el sol, un ludomátic, arañas, un juego de ajedrez de madera, hermoso, mis pies quieren seguir caminando y puedo sentir una pulsión ansiosa de la sangre y de los músculos por el kick que cobija el tálamo y que mi cuerpo recibe con una predisposición casi autista y que me hace girar el cuerpo para dar un paso (02:30) rumbo a la zona del Monumento a la Bandera, unas cuantas cuadras mas adelante, tal vez diez, tal vez dos, camino por calle Montevideo entre la sombra de los árboles y cada tanto aparece un rayo de sol que me ilumina la cara para que las pestañas simulen gigantescas chispas multicolores suspendidas en el aire, atrapadas en una realidad que intercede entre mi cuerpo y los chicos que salen del colegio hablando electrónicamente con una voz de fibra óptica que me parece agudísima y distante, hasta que pasan delante de mí arrastrando sus mochilas dotadas de diminutas ruedas que rebotan en las baldosas rotas, en la misma baldosa rota de siempre, en cualquier vereda de cualquier calle de la ciudad mágica que ahora se ofrece incondicional y empieza a enconarse hacia la izquierda para que mi cuerpo se deslice hasta doblar en calle 1° de Mayo rumbo al Río Paraná, donde Florencia espera sentada en un banco del Parque España y se pregunta cosas preguntables y se pinta las uñas que se han despintado durante la clase de educación física en la que ha hecho voley, siempre voley, y ha corrido como ganado en rondas circulares y fastidiosas, aquí la pantalla wide-screen descubre ante mí (04:11) el imponente monumento erguido en honor a los colores del cielo, la bandera de la patria, celeste y blanca, banderita, banderita, te saludo con amor y te digo que te quiero con todo mi corazón, tus colores tan bonitos, cruzo calle San Juan sin mirar a los costados, un asunto peligroso si se tiene en cuenta la llegada repentina del trolebús pintado de verde y amarillo y su respiración anacrónica, y sus cuernos elevados que lo mantienen atrapado en una simbiosis posmoderna con los cables de alta tensión, y la ciudad se caen hacia abajo y mi paso se acelera brevemente (04:41) mientras una nube cubre todo el sol sobre mi cabeza, pienso en vos, sabés, no, no sabés, siempre es no saber, nadie sabe nada (04:50), no es necesario saber, lo sabés, solo esta pasiva entrega de la humanidad, esta renuncia grandilocuente y oscura de mi espíritu, esta suspensión de los latidos, ahora que han pasado cosas indecibles, ahora que Juan se fue a buscar otras cosas, triunfante y derrotado, quién sabe, ahora que tengo que cargar con una pequeña piedra azul que pesa toneladas de cobardías, galones de conformismo éticamente justificable, oratoriamente entendible, ahora, mi vida, justo ahora (05:37), silencio, estúpido silencio, idiota, bobito, turulo, paparulo, silencio (05:50) que debería aturdirme y sacarme del ensueño sin sentido, esta idea de que la puerta de mi habitación conduce directamente al balcón del departamento donde vivís con tu hermana mayor, tan linda Carolina, pobrecita, donde me aparezco para decirte la verdad entera, desde algún principio pronunciable, ya sabés, no, no sabés, yo no sé, la verdad, pero ves prefiero creer que lo sé o prefiero creer que no lo sé, parece no importarme algún destino que fuese cualquiera y que se pudiese tomar por las puntas y zamarrear como una bandera y que los colores se mezclen y sea otra bandera y sea otra cosa (07:02), qué frío, che, qué frió, ahí el río, yo acá, ahí el río, yo acá.

Rosario, septiembre de 2003

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Infierno

In Cuento on noviembre 25, 2009 by Mariano Montenegro

No sería un error decir que, en efecto, sabemos de su existencia desde hace años y, más aún, algunos de mis colegas afirman con recelo académico que personas como usted son las que han cambiado el curso de la humanidad. Ya sabe, algunas teorías parecen demostrar que ésto que usted pretende hacer es lo que algunos llaman la ruptura de la línea de los tiempos históricos. Bah, demasiado título ¿no le parece, mi amigo? Aunque quién le dice que no sea, en el fondo, un gran título. Imáginese: “La ruptura de la línea de los tiempos históricos, por…” ¿cómo es su nombre? Pero no es que resulte trascendente su nombre, caballero, simplemente había que cerrar la frase. Vámos, siéntese, ahora le traigo algo para beber. Sabe, ésta mañana, cuando venía hacía aquí, una persona allegada me dijo que usted existía. Qué justo ¿no? Y yo le dije que sí, que ya los sabía. Pero ¿cómo reconocerlo? ¿cómo saber que usted es ésta persona que tengo delante mío y no cualquier otro? ¡son tantos! ¡son tantos! ¡son tantos! Gracias por venir. Claro que mejor así, por su puesto. Entienda, mi estimado, su existencia late desde siempre dividida en miles y miles de millones de corazones en todas partes del mundo. Sería un necio si no comprendiera que en cada uno de ustedes se esconde el peligro que aterra a personas como yo. Sabe usted que, básicamente, nosotros no somos más que un puñado de personas que desempeñamos papeles que, paralelamente, interactúan con los suyos y, para colmo de males, ¡somos legales! ¡qué trauma, diría un amigo! ¿no le parece? Entre nosotros, le confieso, se nos ha vuelto complicado sostener los engranajes funcionando. Claro, hombre, imagínese: horas y horas dedicadas a mantener los límites bien claros, a equilibrar fuerzas, a contraponer argumentos que sean de la misma manera convincentes y efectivos, sostener un discurso que al mismo tiempo nos alejen de las personas como usted y nos acerquen a los de su clase. Oh, sí, claro que, como puede verse, hemos fallado. Todo ha fallado. Se va a terninar el privilegio. Gracias compañeros. No importa si el guardia de seguridad pasará a la historia como un traicionero, un aliado o un idiota, ni mi secretaria, ni mis colegas, lo que importa, lo que nos trasciende a nosotros es que todo ha fallado si, como está demostrado, algo falló. Algo. Ya sé, los detalles técnicos aburren mucho a las personas como usted. Estará, me imagino, esperando que yo pase a las palabras que podríamos llamar adecuadas, que me salga de este traje que huele a asiento de avión y de una buena vez me deprima y le diga las verdades mejor guardadas. Se desilusionará, mi amigo. Créame. Y ámbos sabemos que alguien como yo, o cualquiera de mis allegados, ha visto y escuchado cosas por las que tipos como usted haría lo imposible. Piénselo, ¿qué le darían a cambio? ¿un lugar en la vecinal del barrio, hombre? Ja. No fantasée que estamos grandes. Y pensar que a éso, sólo a eso, le llaman por ahí la información; en verdad, y viendo que las circunstancias se han vuelto, digamos, extremas, yo le diría que la información es algo mucho menos valioso de lo que se cree. De hecho, fíjese bien, en éste valioso minuto de nuestras vidas hay otras tantas personas manejando ésta misma información con profesionalismo y entrega, apasionados por sus pequeñas verdades; y nosotros acá, como si nada ocurriese y sin que se nos mueva un pelo. Porque, sabe qué, los hombres comúnes no saben qué hacer con ésta verdad. Allí va la verdad, pero aquí viene la mentira, y más allá algun trozo de la verdad, alguna mutilación de una mentira que, fatalmente, esconde una verdad… ¿A quién le importa? No se engañe: si la información fuese tan valiosa como todos ustedes créen, pues no lo dude mi amigo, estaría prohibida. ¿Quiere la verdad? ¿Quieren ustedes la verdad? ¡No hay verdad, señores! ¿Qué haría alguien como usted con la verdad? ¿La vendería por un lugar en el centro de estudiantes del nene? Y créame, si la verdad realmente existiera, ninguno de ustedes sería capáz de soportarla. Nosotros, seres horribles, multiformes e insaciables, hemos sabido, al final, hacer algo con ésa única verdad. Inventamos la rueda cuadrada que gira. Los demás, ustedes, reinventan las mentiras ansestrales que han vuelto a tipos como usted en lo que son: el fracaso de la humanidad toda. Muchas gracias. El fracaso de la humanidad toda. Muchas gracias, la patria está de pié. ¿No quiere tomar algo? Imagino que estará agotado. ¿A qué se dedica alguien como usted? Qué interesante. No vaya a creer que esta conversación es cosa de todos los días, hombre. Le concedo un espacio que ni el más tonto entre los tontos rechazaría. Sabe bien que para nosotros más vale cualquiera de los tontos aquellos que estoy citando que alguien como usted. Y no, caballero, no mienta en mi presencia, usted no tiene un pelo de tonto. ¿Cómo argumentaría que un tonto llegase hasta estas instancias? No, mi estimado, los tontos, ya le dije, están en la calle, tirando de la soga, los tontos están ahora en sus casas mirando la televisión, recibiendo tontamente la instrascendente información que tan crucial se ha vuelto en el último tiempo de sus vidas, otros tontos, y usted lo sabe, están leyendo libros o escribiéndolos, compartiendo en los cafés textos fracasados de ilustres perdedores, parodias inquietantes que otros tontos leerán. No, tal vez no es el caso de hoy, claro. Simplemente estoy tratando de ser lo más didáctico posible. Véalo de esta manera: éste botón dispone realidades según mi antojo. ¿Qué la gente muere de hambre? Botón, compañero. Funciona cronométricamente, el equilibrio de intereses y poderes es una ciencia básica. Le repito: un botón. Y si lo desea le muestro el tablero entero. La realidad, intangible pero manejable, soy yo. Gracias, faltaba más. La patria toda ha dicho basta. Gracias ¿En qué estábamos? Ah, sí, yo mismo. Yo mismo, de cuerpo presente, soy el pulso eterno de quienes hemos sabido disponer las cosas. ¡Pero no se me quede así callado que estamos en cadena nacional, hombre! ¡Tiempo en el aire! ¡Televisión! Venga, muchacho, acérquese y salude. ¿Tiene hijos usted? ¿Qué pasa con el café? Gracias, hermanos y hermanas. Ah, sabe, en algún lugar siento placer al saber que usted me ha elegido para llevar adelante su obra máxima. Porque ésta sería su obra máxima ¿no? No pretenderá, entiendo, luego salir por la puerta como quien sale del kiosco con un paquete de cigarrillos y vuelve a su casa a ver la novela. ¿Fuma usted? ¿Tendría un cigarrillo? Algunos asesores me dicen que no está bien visto que yo fume, usted sabe, pero las cosas se han extralimitado un poco. ¡Hombre, qué poco sentido del humor! ¡Vámos, regálele una sonrisa a su pueblo! ¡Dios mío! ¿En qué iba? Ah, sí, el miedo. Me está matando el miedo. Dígame, ¿me disparará en la frente o en la nuca? No, no es por nada, es que pienso en mi mujer y en mis hijos en casa, viendo ésta escena poco frecuente. Usted sabe, ¿ellos qué culpa tienen, no? Gracias, muchas gracias. La patria nos necesita. Juntos podemos. El cambio es ahora, hermanos de éste bendito suelo. Nos vemos en el infierno.

Rosario, 18 de junio de 2006

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Vacuna

In Impulsos on noviembre 17, 2009 by Mariano Montenegro

Hace un tiempo estoy tratando de escribir con relativa constancia. Me he propuesto o me he impuesto algún determinado itinerario que me permita vislumbrar a ciencia cierta la inapelable tendencia de ponerme a escribir que todos estos años ha colmado con mas frustración que festejos mi vida toda. Y he comenzado simplemente con ese fin. Creo que, en el fondo, no pretendo escribir grandes cuentos ni grandes revelaciones, sino como he dicho, simplemente hacerlo. Esto ha hecho que en los últimos días haya escrito tres cuentos. No me parecieron geniales al finalizarlos, y sin embargo no me creo capáz de mejorarlos en este momento. No me interesa. Tal vez encierre mayor ansiedad por redondear alguna cuestión estética mas que una cuestión de contenidos. Probablemente, y solo a fin de seguir una senda de matizes insoportables, sólo me he predispuesto a seguir el designio de mis ojos y mis manos, y no el de mi espíritu. De esta manera puede ocurrir que a menudo me detenga largos minutos a observar una palabra esdrújula con el mismo detenimiento que podría hacerlo un letrista de canciones. Y no niego que detrás de esas actitudes hay un escape, sino por el contrario, lo declaro formalmente. Estaré enojado, sospecho, y sigo mi vida. Escribo con cierto aire de solemnidad y me entrego a la escritura de la misma manera que me entregaba a la vacuna contra el tétano.

Rosario, 4 de enero de 2003