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Detalles

In Cuento on marzo 29, 2014 by Mariano Montenegro

detallesA mi me gustaban los detalles, por eso la primera y última vez que ella entró a mi departamento, casi me desmayo de la emoción al darme cuenta que felizmente había notado aquella sutileza. Llegamos tarde, habíamos pasado la noche conversando en un bar y comenzaba a aclararse el cielo desde el este cuando decidimos ir a mi departamento. La noche había sido amena en todas sus formas y cada cosa parecía suceder simplemente para dar lugar a un nuevo suceso. En ese marco, la charla había sido fluida y ambos notábamos que podíamos hacer sin mas un hermosa charla. El día anterior, yo me había pasado largos minutos dándole sentido a mi detalle, había pensado ese momento en que ella entrase al departamento y me detuve uno a uno en aquellos lugares que su mirada recorrería ineludiblemente.
Llegamos cerca de las cinco y media. Entramos casi en puntitas de pie y nos mirámos tontamente en el pasillo viendo lo cómico que resultaba vernos caminar de ésa forma. Mientras yo buscaba las llaves, ella tuvo la acertada idea de quitarse los zapatos y colgarlos de uno de sus dedos. Allí me observó desafiante y yo sentí que jamás encontraría la llave. Volvimos a reír.

Abrí la puerta y, tan pronto como pude, encendí la luz. Allí estaba el detalle. Ella dejó los zapatos en la entrada y caminó con sana y respetuosa libertad por el living. Sus pasos eran breves y decididos. Yo guardé un alegre silencio y la observé en toda su extensión mientras ella caminaba en dirección a mi detalle. Entonces se detuvo frente a la diminuta mesa de madera y comenzó a recorrerla con su mirada. En ningún momento su cintura se encorvó para ver mejor y hoy día creo que ese detalle fue algo que me impactó. Parado unos metros detrás de ella, yo la observaba con sedada ansiedad como quien tan solo espera confirmar que algo es como debe ser y no distinto. Ella volteó su mirada hacia mi y me sonrió. Sin embargo yo permanecí con un medio gesto de alegría.

Yo quería confirmar que ya lo había visto, pero sin embargo me limité a darme vuelta y terminar por cerrar la puerta con llave para luego quitarme el abrigo. Volví a mirarla y ella ya se había quitado tambien su abrigo y seguía mirando las fotos ahora con una leve inclinación de su columna hacía atrás, como si necesitase mayor distancia para apreciar las fotografías. Allí estaba el detalle, frente a ella. Yo entendía que estaba observándolo pero que, tal vez impresionada o sin saber qué decir, continuó recorriendo con su mirada el resto de la pequeña mesita. Me acerqué y la tomé por la espalda. Me asombró notar que sus hombros estaban rígidos como si todo su cuerpo estuviese experimentando algún tipo de tensión muscular. No quería interrumpir el momento con ninguna frase y tenía la idea de que lo único correcto por decir no se me ocurriría jamás. Así entonces, permanecí callado, apoyando mi cabeza sobre su hombro izquierdo como espiando.
Su mano derecha se movió lentamente hasta el perchero, allí descanzaba el abrigo que acababa de quitarse, y sin quitar la mirada de las fotografías, lo tomó entre sus manos.
– Me voy -dijo.
Fueron dos palabras que me dejaron sin respiración. No supe que decir por unos instantes que me parecieron eternos.
– ¿Cómo que te vas? -le pregunté, algo nervioso.
– Sí, me voy -dijo, sonriéndome nerviosamente.
Era evidente que había visto mi detalle y que ciertamente no le había gustado. Yo quedé sumergido en una profunda decepción y todo el tiempo trascurrido hasta entonces se fue haciendo cada vez más oscuro y más triste y por último más olvidable. Ella me miraba como pidiendo una explicación.
– Era un detalle -le dije, al cabo de unos segundos en que su rostro parecía sumergido en una hipnósis involuntaria.
– ¿Qué cosa? -me preguntó, como volviendo de un sueño.
No supe que decir. Nuevamente se apoderaba de mí la duda. ¿Lo había visto ya o no?
– El detalle -dije, titubeando.
– Tengo que irme -sentenció, poniéndose los zapatos.
Finalmente la acompañé hasta la puerta sin que mediaran palabras entre nosotros. Cerré con llave y no pude más que apoyarme de espalda contra la puerta oyendo aún sus pasos hasta el ascensor. Luego me acerqué hasta el detalle y volví a ponerlo en el cajón del que jamás debí sacarlo.

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